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¿Cómo hacer para que la palabra impacte en la conversación?

Escrito por en octubre 15, 2018

¿Cómo hacer para que la palabra impacte en la conversación?

 

¿Cuándo fue la última vez que solucionaste un problema sin necesidad de hacer uso de la palabra? ¿Cuántas veces te ha ayudado una buena conversación? ¿cuántas veces has ayudado con una buena conversación?

Dicen que una imagen vale más que mil palabras… pero también una palabra puede impactar más que mil historias.

 

Y es que la palabra viene cargada de emoción y acompañada de la calidez o la frialdad necesarias para transformar en un instante.

Las palabras tienen poder. Y este poder radica en esa concentración de sentimientos y emociones que sella lo que decimos, porque en esencia cargamos de energía lo que pensamos y lo que sentimos y esa energía fluye a través de la palabra.

De allí la importancia de enfocar el correcto uso de la palabra como elemento clave de la comunicación.

Suele suceder que nos cuesta transmitir un mensaje de manera explícita, coherente, impactante y para darnos a entender recurrimos a la redundancia: repetimos en un discurso un mismo mensaje cual si fuera un bucle. Y es que el mejor mensaje es el que puede ser comprendido sin mayor explicación. Si requerimos explicar mucho un aspecto, es que hay algo de lo que decimos que a nosotros mismo nos parece que no llega con claridad, por lo que necesitamos, más que reforzarlo, repetirlo.

Pero si usamos las palabras correctas, con el dominio requerido, el lenguaje apropiado, en el contexto adecuado, seremos capaces de transmitir un mensaje con la suficiente efectividad que logre invitar a reflexionar, a mejorar, a aprender, a visualizar… a transformar.

¿Y cómo saber qué palabra usar?

 

La palabra surge del pensamiento, es el recurso a través del cual manifestamos lo que nuestra mente procesa… y muchas veces no son suficientes, muchas veces no son las que queremos pronunciar, muchas veces no encontramos la que exactamente manifieste lo que queremos decir. ¿Cuántas veces nos decimos “debí haberle dicho esto en lugar de aquello”? o incluso cuando escribimos, borramos y corregimos lo que hemos escrito, porque no se acerca aún a nuestro pensamiento. Seguramente nuestras palabras no alcanzaron la velocidad de nuestro pensamiento en algún momento, y cuando procesamos mejor, pensamos que pudimos haber expresado nuestras ideas de otra manera más efectiva, más impactante o más conmovedora.

¿Decimos lo que pensamos?

 

Hemos escuchado eso de que “lo que de la boca sale, del corazón viene”… ¿qué tan cierto ha de ser?, ¿cuántas veces hemos lastimado con la palabra sin tener esa intención?, ¿por qué lo hacemos?

La palabra surge del pensamiento y éste tiene una relación funcional con las emociones. Es por eso que, así busquemos y rebusquemos las palabras para ser más claros, concisos o, si, por el contrario, lo que queremos es confundir (todo es válido para la mente), es nuestro pensamiento el que envía el mensaje inicial, el básico, el profundo; acompañado de las emociones que en determinado momento lo gobiernan.

Cuando la ira se manifiesta, por ejemplo, se acelera nuestro ritmo cardíaco y comenzamos a hiperventilar, se produce una reacción fisiológica que es retroalimentada por nuestros pensamientos, que funcionan como un detonador. Y cuando este detonador se activa… ¡explotamos! Sencillamente respondemos ante lo que consideramos una amenaza, un reto, una injuria, una falta de respeto… no razonamos “desde el corazón”, sino que reaccionamos con enojo. Por lo tanto, en esa situación, nuestras palabras están dirigidas para lastimar, aun cuando esa no sea la naturaleza de “nuestro corazón”, sencillamente porque responder al agravio es una necesidad. Por eso es que, pasado el enojo, hasta pueden hacernos sentir culpables.

Este proceso se traduce a todas las emociones, unas con mayor acentuación que otras, con mayor impacto que otras. Es allí cuando en lugar de decir las cosas “desde el corazón” las decimos desde la emoción. Tal como dice el Dr. Daniel López en su libro Emoción y Sentimiento: “Somos seres emocionales que razonan”.  Es cierto, nuestra emocionalidad gobierna nuestro pensamiento y nuestro pensamiento las palabras. Y esas palabras pueden alegrar, lastimar, herir, asustar, intimidar, desagradar, animar, impactar, enseñar… transformar.

¿Muy bien, pero acaso sólo hablamos?

 

Podemos ayudar a que nuestras palabras surjan espontáneas, pertinentes y efectivas cuando activamos conscientemente otros sentidos que no son precisamente la voz…

No es la voz el único canal que utilizamos para transmitir un mensaje cuando hacemos uso de la palabra. Hay otro muy importante al que le debemos prestar atención: el oído, ese sentido que nos permite escuchar lo que el interlocutor dice identificando los diversos matices con los que marca su mensaje: el tono, el ritmo y la velocidad indican elementos importantes. No sólo es lo que dice, sino cómo lo dice.

Otro sentido en el que debemos enfocarnos es la vista, que nos permite observar cómo nuestro interlocutor refuerza sus palabras con su corporalidad y con esto también podemos detectar eso que no nos dice.

¿Y cómo sé lo que el otro piensa?

 

Y qué sería de una buena conversación o un buen discurso sin no estamos conscientes y profundizamos más en el papel que juega nuestro pensamiento. Sí, conocer todo este proceso nos ayuda a ser más eficientes en la elaboración de la estructura de nuestros mensajes, porque entendemos la emocionalidad de nuestros interlocutores, aceptamos que ésta puede ser variable y que puede enriquecer la retroalimentación que se genera en una conversación.

Capturar reacciones corporales e interpretarlas, identificar palabras cuyo significado está marcado por la forma con la que la voz las transmite, nos permite entender el nivel del pensamiento del interlocutor y nos ayuda a ser más efectivos en nuestro nivel de respuesta… contribuyendo muchas veces con una palabra precisa o un silencio oportuno.

Es esa homogeneidad en el uso de nuestros sentidos lo que nos permite ser atentos en la escucha y la observación, manifestando interés en el mensaje de nuestros interlocutores para intervenir oportunamente, manteniendo el hilo de la conversación y favoreciendo la comunicación.

 

Cuando interactúo aprendo

 

Y es que la conversación es una interacción que surge en cualquier escenario, involucra cualquier tema, se viste con cualquier emoción y abre la puerta al más puro aprendizaje. Muchas veces aquello que vimos, aquello que escuchamos, aquello que leímos, lo venimos a entender justo en el calor de una buena conversación, cuando lo analizamos en un compartir de ideas que nos devuelven otras nuevas después de haber sido filtradas.

Y tal vez resulten ideas más claras o inquietudes más profundas… lo importante es que esta interacción genera cambios, encuentros, toma de decisiones, replanteamientos, acercamientos, encuentros, esperanza, angustia, risa, llanto…

Porque la interacción que genera la conversación es mágica: intercambiamos palabras, que vienen del pensamiento, que transmiten un mensaje cargado de emociones provenientes de la percepción que cada interlocutor tiene en torno a un tema.

El trabajo, los estudios, los problemas, los aciertos y desaciertos, los amores y los desamores, los hijos, la familia, los sueños, los retos, las pérdidas, los triunfos y los fracasos… cuántas conversaciones no nos han ayudado en cualquiera de estas situaciones que seguramente ya hemos vivido. ¿En cuántas hemos dado ayuda y de cuántas hemos recibido?

La magia…

 

Aquí está la magia de la conversación: no se trata de hablar sin parar sobre nuestro apasionado punto de vista, es captar la esencia y entender el punto de vista de otro o de otros. Aportando y recibiendo, discutiendo sobre las diferencias con argumentos, manifestando el dominio sobre el tema, sin restar espacio al interlocutor; trabajando nuestras emociones para que no nos jueguen malas pasadas. Dosificando el enojo que nos nubla la razón, la tristeza que muchas veces nos obliga a compartirla, el desagrado que ofrece rechazo, el miedo que nos cohíbe; incluso la alegría cuando corra el riesgo de eclipsar a otro que ya nos ha dado pistas de que necesita más atención.

Cuando comenzamos a observarnos y autoevaluarnos en estos aspectos comunicacionales, vamos haciéndonos conscientes de la importancia de nuestro rol diario como mensajeros de nuestro pensamiento a través de la palabra: ¿Qué digo y cómo lo digo? ¿me detengo a escuchar y observar? ¿cómo impacto en los demás? ¿hablo y dejo hablar? ¿cómo aporto? ¿estoy dispuesto a enseñar? ¿estoy dispuesto a aprender?

Para iniciar esta exploración, podemos comenzar por esforzarnos un poco en hacer que nuestras conversaciones sean espacios de apertura, que contagien nuestra mejor actitud, que alegren, que aleccionen, que impacten, que generen cambios positivos. Brindemos espacio al otro para recibir esa información valiosa que nos permitirá retroalimentar y hacer nuestro aporte de manera espontánea, segura y efectiva.

Así, cada nueva conversación, cada clase, cada discurso, cada encuentro… dará lugar a grandes cambios, y seguramente, en alguna oportunidad alguien comentará sobre lo útiles que le resultaron nuestras palabras.

 

Nancy Rojas
Coach PNL personal y organizacional
Presidenta de Vida Gerencial

 


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